martes, 25 de octubre de 2011

Chamán

Se hacía fuente eterna la montaña. Con hombres que se tornaban en peces con escamas, la canción que volaba con el viento por entre el verde de los bosques y los espíritus que deambulaban por esos parajes laberínticos.


Las hierbas perfumaban a los jardínes. Como una canción de cuna, los pétalos seducían a la flor y las espinas a la primavera. Con el respirar ambiguo del presente, deambulaba la mirada entre el pasado que quedaba y el futuro que habría de encontrar al otro lado del camino y las huellas.


Se desvestían sonrisas y tristezas. Trascender por sobre las piedras y los cansados espejos, guiado por el canto de los pájaros; por el olor a tierra húmeda, de miradas perdidas entre las amapolas y las hojas secas que se hacen a un lado cuando sienten el andar de las horas sin prisas.


Calmar la sed sin dormir la mirada en la seducción del instante. Mirar el nido como ha perdido todas esas formas y entrecruces que le hacían alentador. Pero eso fué antes de saber que más allá hay sensaciones esperando por la presencia del caminante, que ha de ir por allí, y sin detenerse, continuar hasta el principio y luego partir una y otra vez, tras cada amanecer.



Ir, entre el polvo y la ceniza, rehaciendo voces.



Como el universo mismo.