martes, 11 de noviembre de 2008

Caminante

Cada día guarda un horizonte nuevo y una nueva canción
Para el caminante y sus huellas.

lunes, 10 de noviembre de 2008

NO OYES LADRAR A LOS PERROS(JUAN RULFO)




No oyes ladrar a los perros
—Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna

señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte.

—No se ve nada.

—Ya debemos estar cerca.

—Sí, pero no se oye nada.

—Mira bien.

—No se ve nada.

—Pobre de ti, Ignacio.

La sombra larga y negra de los hombres siguió moviéndose

de arriba abajo, trepándose a las piedras, disminuyendo y

creciendo según avanzaba por la orilla del arroyo. Era una

sola sombra, tambaleante.

La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada

redonda.

—Ya debemos estar llegando a ese pueblo, Ignacio. Tú que

llevas las orejas de fuera, fíjate a ver si no oyes ladrar los

perros. Acuérdate que nos dijeron que Tonaya estaba

detrasito del monte. Y desde qué horas que hemos dejado el

monte. Acuérdate, Ignacio.

—Sí, pero no veo rastro de nada.

—Me estoy cansando.

—Bájame.

E1 viejo se fue reculando hasta encontrarse con el paredón

y se recargó allí, sin soltar la carga de sus hombros.

Aunque se le doblaban las piernas, no quería sentarse,

porque después no hubiera podido levantar el cuerpo de su

hijo, al que allá atrás, horas antes, le habían ayudado a

echárselo a la espalda. Y así lo había traído desde entonces.

—¿Cómo te sientes?

—Mal.

Hablaba poco. Cada vez menos. En ratos parecía dormir.

En ratos parecía tener frío. Temblaba. Sabía cuándo le

agarraba a su hijo el temblor por las sacudidas que le daba,

y porque los pies se le encajaban en los ijares como

espuelas. Luego las manos del hijo, que traía trabadas en

su pescuezo, le zarandeaban la cabeza como si fuera una

sonaja. É1 apretaba los dientes para no morderse la lengua

y cuando acababa aquello le preguntaba:

—¿Te duele mucho?

—Algo —contestaba él.

Primero le había dicho: "Apéame aquí... Déjame aquí...

Vete tú solo. Yo te alcanzaré mañana o en cuanto me

reponga un poco." Se lo había dicho como cincuenta veces.

Ahora ni siquiera eso decía. Allí estaba la luna. Enfrente

de ellos. Una luna grande y colorada que les llenaba de luz

los ojos y que estiraba y oscurecía más su sombra sobre la

tierra.

—No veo ya por dónde voy —decía él.

Pero nadie le contestaba.

E1 otro iba allá arriba, todo iluminado por la luna, con su

cara descolorida, sin sangre, reflejando una luz opaca. Y él

acá abajo.

—¿Me oíste, Ignacio? Te digo que no veo bien.

Y el otro se quedaba callado.

Siguió caminando, a tropezones. Encogía el cuerpo y luego

se enderezaba para volver a tropezar de nuevo.

—Este no es ningún camino. Nos dijeron que detrás del

cerro estaba Tonaya. Ya hemos pasado el cerro. Y Tonaya

no se ve, ni se oye ningún ruido que nos diga que está

cerca. ¿Por qué no quieres decirme qué ves, tú que vas allá

arriba, Ignacio?

—Bájame, padre.

—¿Te sientes mal?

—Sí

—Te llevaré a Tonaya a como dé lugar. Allí encontraré

quien te cuide. Dicen que allí hay un doctor. Yo te llevaré

con él. Te he traído cargando desde hace horas y no te

dejaré tirado aquí para que acaben contigo quienes sean.

Se tambaleó un poco. Dio dos o tres pasos de lado y volvió a

enderezarse.

—Te llevaré a Tonaya.

—Bájame.

Su voz se hizo quedita, apenas murmurada:

—Quiero acostarme un rato.

—Duérmete allí arriba. Al cabo te llevo bien agarrado.

La luna iba subiendo, casi azul, sobre un cielo claro. La

cara del viejo, mojada en sudor, se llenó de luz. Escondió

los ojos para no mirar de frente, ya que no podía agachar la

cabeza agarrotada entre las manos de su hijo.

—Todo esto que hago, no lo hago por usted. Lo hago por su

difunta madre. Porque usted fue su hijo. Por eso lo hago.

Ella me reconvendría si yo lo hubiera dejado tirado allí,

donde lo encontré, y no lo hubiera recogido para llevarlo a

que lo curen, como estoy haciéndolo. Es ella la que me da

ánimos, no usted. Comenzando porque a usted no le debo

más que puras dificultades, puras mortificaciones, puras

vergüenzas.

Sudaba al hablar. Pero el viento de la noche le secaba el

sudor. Y sobre el sudor seco, volvía a sudar.

—Me derrengaré, pero llegaré con usted a Tonaya, para

que le alivien esas heridas que le han hecho. Y estoy seguro

de que, en cuanto se sienta usted bien, volverá a sus malos

pasos. Eso ya no me importa. Con tal que se vaya lejos,

donde yo no vuelva a saber de usted. Con tal de eso...

Porque para mí usted ya no es mi hijo. He maldecido la

sangre que usted tiene de mí. La parte que a mí me tocaba

la he maldecido. He dicho: "¡Que se le pudra en los riñones

la sangre que yo le di!" Lo dije desde que supe que usted

andaba trajinando por los caminos, viviendo del robo y

matando gente... Y gente buena. Y si no, allí esta mi

compadre Tranquilino. E1 que lo bautizó a usted. El que le

dio su nombre. A él también le tocó la mala suerte de

encontrarse con usted. Desde entonces dije: "Ese no puede

ser mi hijo."

—Mira a ver si ya ves algo. O si oyes algo. Tú que puedes

hacerlo desde allá arriba, porque yo me siento sordo.

—No veo nada.

—Peor para ti, Ignacio.

—Tengo sed.

—¡Aguántate! Ya debemos estar cerca. Lo que pasa es que

ya es muy noche y han de haber apagado la luz en el

pueblo. Pero al menos debías de oír si ladran los perros.

Haz por oír.

—Dame agua.

—Aquí no hay agua. No hay más que piedras. Aguántate.

Y aunque la hubiera, no te bajaría a tomar agua. Nadie me

ayudaría a subirte otra vez y yo solo no puedo.

—Tengo mucha sed y mucho sueño.

—Me acuerdo cuando naciste. Así eras entonces.

Despertabas con hambre y comías para volver a dormirte. Y

tu madre te daba agua, porque ya te habías acabado la

leche de ella. No tenías llenadero. Y eras muy rabioso.

Nunca pensé que con el tiempo se te fuera a subir aquella

rabia a la cabeza... Pero así fue. Tu madre, que descanse en

paz, quería que te criaras fuerte. Creía que cuando tú

crecieras irías a ser su sostén. No te tuvo más que a ti. El

otro hijo que iba a tener la mató. Y tú la hubieras matado

otra vez si ella estuviera viva a estas alturas.

Sintió que el hombre aquel que llevaba sobre sus hombros

dejó de apretar las rodillas y comenzó a soltar los pies,

balanceándolo de un lado para otro. Y le pareció que la

cabeza; allá arriba, se sacudía como si sollozara.

Sobre su cabello sintió que caían gruesas gotas, como de

lágrimas.

—¿Lloras , Ignacio ? Lo hace llorar a usted el recuerdo de

su madre, ¿verdad? Pero nunca hizo usted nada por ella.

Nos pagó siempre mal. Parece que en lugar de cariño, le

hubiéramos retacado el cuerpo de maldad. ¿Y ya ve? Ahora

lo han herido. ¿Qué pasó con sus amigos? Los mataron a

todos. Pero ellos no tenían a nadie. Ellos bien hubieran

podido decir: "No tenemos a quién darle nuestra lástima ".

¿Pero usted, Ignacio?

Allí estaba ya el pueblo. Vio brillar los tejados bajo la luz

de la luna. Tuvo la impresión de que lo aplastaba el peso

de su hijo al sentir que las corvas se le doblaban en el

último esfuerzo. Al llegar al primer tejaván, se recostó

sobre el pretil de la acera y soltó el cuerpo, flojo, como si lo

hubieran descoyuntado.

Destrabó difícilmente los dedos con que su hijo había

venido sosteniéndose de su cuello y, al quedar libre, oyó

cómo por todas partes ladraban los perros.

—¿Y tú no los oías, Ignacio? —dijo . No me ayudaste ni

siquiera con esta esperanza.

Juan Rulfo (1918-1986)

martes, 4 de noviembre de 2008

Bruce Lee

El lado filosófico del gran bruce lee:

Usando ningún camino como camino, teniendo ninguna limitación como limitación.
esta es la filosofía esencial del Jeet Kune Do

En toda parte oscura hay algo de luz y aun en lo fuerte existe algo de debilidad.
cada cosa es parte de un todo y que nada es totalmente independiente de la entidad.

La única forma de la que puedes encontrar la causa de tu propia ignorancia
es la auto evaluación total compromiso hacia tu propio proceso de crecimiento.

La clave de la inmortalidad es vivir primero una vida que valga la pena recordar.

No eres mejor o peor que cualquier otro. una vez que estableces un limite,
estas condenado a adherirte a el.

Un estilo nunca debería ser considerado como una pura verdad, cuyo principios y leyes
nunca pueden ser violados. el hombre, el individuo creador, es siempre mas
importante que cualquier sistema establecido.

Si sigues los modelos clásicos, estas comprendiendo la rutina, la tradición,
las sombras, pero no estas comprendiéndote a ti mismo.

En el caos busca la simplicidad, y en la discordia la armonía.

La acción es nuestra relación con todo.

Cuando no exista centro ni circunferencia, allí esta la verdad.

LAS SEIS ENFERMEDADES:

deseo de victoria

deseo de recurrir a la astucia técnica

deseo de mostrar todo lo aprendido

deseo de atemorizar al enemigo

deseo de jugar un papel pasivo

deseo de librarse de cualquier enfermedad que nos afecte.

Si te acostumbras a poner limites a lo que haces, físicamente o a cualquier nivel,
se proyectara al resto de tu vida. se propagara en tu trabajo, en tu moral,
en tu ser en general. no hay limites. hay fases, pero no debes quedarte estancado
en ellas, hay que sobrepasarlas...el hombre debe constantemente superar sus niveles.

Lo definitivo esta dentro de ti.

"Como habéis puesto creencias antes de la vida, credos antes de la vida, dogmas
antes de la vida, religiones antes de la vida, hay estancamientos puedes sujetar
las aguas del mar o juntar los vientos en tus puños? krishnamurti.

El verdadero arte del jeet kune do no es acumular, sino eliminar. la totalidad y
libertad de expresión hacia el siempre cambiante oponente debería ser el objetivo
de todos los practicantes de jeet kune do.

La gente del tao nunca intenta. hace.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Hoy es un día nuevo


Hoy es un día nuevo. Se hará ceniza en un instante, no obstante, en cuanto el ocaso recorra la ilusión primera de una noche que nace. Hoy es un día nuevo. Hay nuevas voces de alas blancas
sobre los rayos del sol, mientras bebe el rocío.

miércoles, 29 de octubre de 2008

ÍTACA



Cuando empieces tu ida hacia Ítaca,

desea que el camino sea largo,

lleno de peripecias, lleno de conocimientos.

A los Lestrígones y a los Cíclopes,

al encolerizado Poseidón no temas,

tales cosas en tu camino nunca las encontrarás,

si tu mirada permanece alta, si una escogida

emoción a tu alma y a tu cuerpo les guía.

A los Lestrígones y a los Cíclopes,

al fiero Poseidón no los encontrarás,

si no los llevas dentro de tu alma,

si tu alma no los coloca delante de ti.

Desea que el camino sea largo.

Que muchas sean las mañanas estivales

en que con cuánta satisfacción, con qué alegría

entrarás en puertos por primera vez vistos.

Haz un alto en los mercados fenicios,

y adquiere hermosas cosas,

nácares y corales, ámbares y ébanos,

y sensuales perfumes de todas clases,

los más abundantes y sensuales perfumes que puedas.

Visita muchas ciudades egipcias,

aprende y aprende de los instruidos.

Siempre en tu mente ten a Itaca.

La llegada a allí es tu destino.

Pero no precipites el viaje en absoluto.

Es mejor que muchos años dure.

Y que, ya anciano, arribes a la isla,

rico con cuanto obtuviste en el camino,

sin esperar que riquezas te dé Itaca.

Itaca te dio el hermoso viaje.

Sin ella no hubieras emprendido el camino.

No puede darte nada más.

Aunque la encuentres pobre, Ítaca no te engañó.

Tan sabio como te has hecho, con tanta experiencia,

ahora ya habrás comprendido qué significan las Itacas.

Konstantino Kavafis.

martes, 28 de octubre de 2008

LOS MOTIVOS DEL LOBO



Los Motivos del Lobo

Rubén Darío

El varón que tiene corazón de lis,
alma de querube, lengua celestial,
el mínimo y dulce Francisco de Asís,
está con un rudo y torvo animal,
bestia temerosa, de sangre y de robo,
las fauces de furia, los ojos de mal:
¡el lobo de Gubbia, el terrible lobo!
Rabioso, ha asolado los alrededores;
cruel, ha deshecho todos los rebaños;
devoró corderos, devoró pastores,
y son incontables sus muertos y daños.

Fuertes cazadores armados de hierros
fueron destrozados. Los duros colmillos
dieron cuenta de los más bravos perros,
como de cabritos y de corderillos.

Francisco salió:
al lobo buscó
en su madriguera.
Cerca de la cueva encontró a la fiera
enorme, que al verle se lanzó feroz
contra él. Francisco, con su dulce voz,
alzando la mano,
al lobo furioso dijo: "¡Paz, hermano
lobo!" El animal
contempló al varón de tosco sayal;
dejó su aire arisco,
cerró las abiertas fauces agresivas,
y dijo: "!Está bien, hermano Francisco!"
"¡Cómo! exclamó el santo. ¿Es ley que tú vivas
de horror y de muerte?
¿La sangre que vierte
tu hocico diabólico, el duelo y espanto
que esparces, el llanto
de los campesinos, el grito, el dolor
de tanta criatura de Nuestro Señor,
no han de contener tu encono infernal?
¿Vienes del infierno?
¿Te ha infundido acaso su rencor eterno
Luzbel o Belial?"

Y el gran lobo, humilde: "¡Es duro el invierno,
y es horrible el hambre! En el bosque helado
no hallé qué comer; y busqué el ganado,
y en veces comí ganado y pastor.
¿La sangre? Yo vi más de un cazador
sobre su caballo, llevando el azor
al puño; o correr tras el jabalí,
el oso o el ciervo; y a más de uno vi
mancharse de sangre, herir, torturar,
de las roncas trompas al sordo clamor,
a los animales de Nuestro Señor.
¡Y no era por hambre, que iban a cazar!"

Francisco responde: "En el hombre existe
mala levadura.
Cuando nace, viene con pecado. Es triste.
Mas el alma simple de la bestia es pura.
Tú vas a tener
desde hoy qué comer.
Dejarás en paz
rebaños y gente en este país.
¡Que Dios melifique tu ser montaraz!"

"Esta bien, hermano Francisco de Asís."
"Ante el Señor, que toda ata y desata,
en fe de promesa tiéndeme la pata."
El lobo tendió la pata al hermano
de Asís, que a su vez le alargó la mano.

Fueron a la aldea. La gente veía
y lo que miraba casi no creía.
Tras el religioso iba el lobo fiero,
y, bajo la testa, quieto le seguía
como un can de casa, o como un cordero.

Francisco llamó la gente a la plaza
y allí predicó.
Y dijo: "He aquí una amable caza.
El hermano lobo se viene conmigo;
me juró no ser ya vuestro enemigo,
y no repetir su ataque sangriento.
Vosotros, en cambio, daréis su alimento
a la pobre bestia de Dios." "¡Así sea!",
Contestó la gente toda de la aldea.
Y luego, en señal
de contentamiento,
movió la testa y cola el buen animal,
y entró con Francisco de Asís al convento.

Algún tiempo estuvo el lobo tranquilo
en el santo asilo.
Sus bastas orejas los salmos oían
y los claros ojos se le humedecían.
Aprendió mil gracias y hacía mil juegos
cuando a la cocina iba con los legos.
Y cuando Francisco su oración hacía,
el lobo las pobres sandalias lamía.
Salía a la calle,
iba por el monte, descendía al valle,
entraba a las casas y le daban algo
de comer. Mirábanle como a un manso galgo.

Un día, Francisco se ausentó. Y el lobo
dulce, el lobo manso y bueno, el lobo probo,
desapareció, tornó a la montaña,
y recomenzaron su aullido y su saña.

Otra vez sintióse el temor, la alarma,
entre los vecinos y entre los pastores;
colmaba el espanto en los alrededores,
de nada servían el valor y el arma,
pues la bestia fiera
no dio treguas a su furor jamás,
como si estuviera
fuegos de Moloch y de Satanás.

Cuando volvió al pueblo el divino santo,
todos los buscaron con quejas y llanto,
y con mil querellas dieron testimonio
de lo que sufrían y perdían tanto
por aquel infame lobo del demonio.

Francisco de Asís se puso severo.
Se fue a la montaña
a buscar al falso lobo carnicero.
Y junto a su cueva halló a la alimaña.

"En nombre del Padre del sacro universo,
conjúrote dijo, ¡oh lobo perverso!,
a que me respondas: ¿Por qué has vuelto al mal?
Contesta. Te escucho."

Como en sorda lucha, habló el animal,
la boca espumosa y el ojo fatal:

"Hermano Francisco, no te acerques mucho...
Yo estaba tranquilo allá en el convento;
al pueblo salía,
y si algo me daban estaba contento
y manso comía.
Mas empecé a ver que en todas las casas
estaban la Envidia, la Saña, la Ira,
y en todos los rostros ardían las brasas
de odio, de lujuria, de infamia y mentira.
Hermanos a hermanos hacían la guerra,
perdían los débiles, ganaban los malos,
hembra y macho eran como perro y perra,
y un buen día todos me dieron de palos.

Me vieron humilde, lamía las manos
y los pies. Seguía tus sagradas leyes,
todas las criaturas eran mis hermanos:
los hermanos hombres, los hermanos bueyes,
hermanas estrellas y hermanos gusanos.
Y así, me apalearon y me echaron fuera.
Y su risa fue como un agua hirviente,
y entre mis entrañas revivió la fiera,
y me sentí lobo malo de repente;
mas siempre mejor que esa mala gente.
Y recomencé a luchar aquí,
a me defender y a me alimentar.
Como el oso hace, como el jabalí,
que para vivir tienen que matar.
Déjame en el monte, déjame en el risco,
déjame existir en mi libertad,
vete a tu convento, hermano Francisco,
sigue tu camino y tu santidad."

El santo de Asís no le dijo nada.
Le miró con una profunda mirada,
y partió con lágrimas y con desconsuelos,
y habló al Dios eterno con su corazón.
El viento del bosque llevó su oración,
que era: "Padre nuestro, que estás en los cielos..."



viernes, 24 de octubre de 2008

Deletreando pasos





Uno que otro somos la forma más simple del universo. ilusión. Pasión. Sentimiento. Sueños. Caminos por andar. Espejos. Arena a la orilla del mar. Duendes sobre el asfalto. Tentación.