viernes, 21 de noviembre de 2008

Clown





El clown maquillaba al hombre,
para ocultar las cosas tangibles
Y las huellas vanas .
No sus penas y cansancios.
A esos lo vestía de risas y canciones.
Y le hacía saltar como un infante
A cielo abierto.

jueves, 20 de noviembre de 2008

cartas sin remos que miran al mar


he leído tu carta. sin saberte,
he leído tu carta.
donde hablas de tus labios y el beso
de tu pecho y el frío.
no supe que decir, aun no lo sé.
pero el aura intransferible de tus versos
me llevaron a sembrarme
sobre el sueño
que ablandabas a mis oídos...

"Es que ya te he visto en algún lugar
O en algún tiempo
Y no me queda otra atención
Al tiempo mismo
Que mostrarte las arenas
De las mías.
Tengo alas, dos alas
Y mil besos esperándote en la tarde."

No sospeché tu nombre
aturdido sobre el fuego de tus líneas
te busqué a la distancia
perdido en miradas y pensamientos
corrí sobre las aguas
para volver cabizbajo
a tu ternura...

"Si me vieras desnuda,
mientras ato tu ojos a mi mirada,
Volando sobre el sudor
de tu cuerpo ausente
y dándole formas a esta
insufrible ilusión
De tomarme el viento y la soledad
Hay cosas,
que veo por las calles
que llevan tu nombre
y sobre las espaldas de los transeúntes
te veo sonreír sobre mi cuerpo..."

Has agregado fotos tuyas,
y te puedo decir que tu belleza
traspasa el semblante
de las formas.
Hay fotos en el parque
Hay fotos en la playa,
Hay fotos en tu casa,
en el cálido nido en que habitas
todas ellas cargadas de brillo
en tus ojos
casi sin maquillaje
y el pelo, liso y oscuro,
bañando el rostro en que transcurres...

"No te niegues a encontrarme
entre el camino
que hace tus huellas,
ni me vistas en formas de locura.
Tómame entre la sed
del vino amargo
que tocan los calientes
rayos
deslizados, tiernos y puros,
por el cuerpo
entre el cuerpo...
bañando de saciedad
el infinito vacío que respira..."

Esto dices,
y entre todo lo que siento
está abierta la distancia.
Hoy te envío algunas cosas mías
para que no estés tan lejano
en anhelo. besos.
No dejes que el camino
haga nido en tu ser.
Que ya habrá vida
para la vida nuestra
y tiempo para que nuestros cuerpos
tejan fábulas
más dignas, antes que muera el día.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

martes, 18 de noviembre de 2008

"El mal tiene un olor inconfundible"

Discurso del escritor judio Amos Oz, durante la recepción del “premio Goethe” Frankfurt (alemania). artículo publicado en la contraportada del suplemento del diario El País, sábado 1 de octubre de 2005

El mal tiene un olor inconfundible. Así como es enormemente difícil definir la verdad, pero muy fácil detectar una mentira, a veces puede resultar difícil definir el bien, pero el mal desprende un olor inconfundible; cualquier niño sabe lo que es el dolor. Por consiguiente, cada vez que causamos dolor a otra persona de manera deliberada, sabemos lo que estamos haciendo. Estamos haciendo el mal.

Sin embargo, los tiempos modernos han cambiado todo eso. Han difuminado la clara distinción que hacía la humanidad desde su más tierna infancia, desde el Edén. En algún momento del siglo XIX, no mucho después de que muriera Goethe, entró en la cultura occidental una nueva forma de pensamiento que dejaba de lado el mal, que incluso negaba su existencia. Aquella innovación intelectual se llamaba Ciencia Social.

Para los nuevos practicantes de la psicología, la sociología, la antropología y la economía, seguros de sí mismos, exquisitamente racionales, optimistas y totalmente científicos, el mal no tenía importancia. En realidad, tampoco la tenía el bien. Todavía hoy, algunos especialistas en ciencias sociales, sencillamente, no hablan del bien ni del mal.

Para ellos, todas las razones y acciones humanas son consecuencia de las circuns­tancias, que muchas veces se escapan a nuestro control. "Los demonios", decía Freud, "no existen, del mismo modo que no existen los dioses; no son más que productos de la actividad psíquica del hombre". Estamos dominados por nuestro entorno social. Desde hace unos 100 años nos dicen que sólo nos mueve el interés económico, que somos meros productos de nuestras culturas étnicas, que no somos más que marionetas de nuestros propios subconscientes.

En otras palabras, las ciencias sociales modernas fueron el primer intento serio de eliminar el bien y el mal del escenario humano.

Por primera vez en su larga historia, ambos quedaron abolidos por la idea de que las circunstancias son siempre las responsables de las decisiones humanas, las acciones humanas y, sobre todo, el sufrimiento humano. La culpa es de la sociedad. La culpa es de una niñez difícil. La culpa es de la política. El colonialismo. El imperialismo. El sionismo. La globalización. Así comenzó el gran campeonato mundial del victimismo.

Por primera vez desde el Libro de Job, el diablo se había quedado sin trabajo. Ya no podía jugar co­mo antaño con las mentes huma­nas. Satán estaba descartado. Estábamos en la era moderna.

Pues bien, los tiempos pueden estar cambiando de nuevo. Es posible que se despidiera a Satán, pero él no se quedó parado. El siglo XX fue el peor escenario de maldad sanguinaria que ha visto la historia.

Las ciencias sociales fueron incapaces de predecir, afrontar o incluso comprender ese mal mo­derno y tecnologizado. El mal del siglo XX se disfrazó, muchas veces, de una intención de reformar el mundo, de idealismo, de la nece­sidad de reeducar a las masas o "abrirles los ojos". Para algunos, el totalitarismo fue la redención laica, a costa de millones de vidas.

Hoy, después de haber sobrevivido al mal del poder totalitario, tenemos profundo respeto por las culturas. Por las diversidades. Por el pluralismo. Conozco a algunas personas dispuestas a matar a cualquiera que no sea pluralista.

El post­modernismo volvió a dar trabajo a Satán, pero, en esta ocasión, su trabajo raya en lo hortera: un hermético puñado de "fuerzas oscuras" es el responsable de todo, la pobreza y la discriminación, la guerra y el calentamiento global, el 11 de septiembre y el tsunami. La gente normal siempre es inocente. Las minorías nunca tienen la culpa.

Las víctimas son, por definición, moralmente puras. ¿Se han dado cuenta de que, hoy día, el demonio no parece nunca invadir a una persona concreta? Ya no existen los Faustos. Lo moderno es decir que el mal es un conglomerado. Los sistemas son malos. Los gobiernos son malos. Instituciones despersonalizadas dirigen el mundo en su propio y siniestro beneficio.


Satán ya no está en el detalle. Los hombres y mujeres, como individuos, no pueden ser "malos" en el viejo sentido del Libro de Job, o Macbeth, o Yago, o Fausto. Usted y yo siempre somos buenas personas. El diablo es siempre el sistema. Esto es, en mi opinión, una horterada ética.

Goethe no era orientalista ni multiculturalista. No era el exotismo extremo e imaginario del Este lo que le tentaba, sino la sólida sustancia y la novedad que las culturas orientales, la poesía y el arte orientales, pueden otorgar a las verdades y los sentimientos universales de los seres humanos. El bien es universal; y Dios también:

"Dios posee Oriente, Dios gobierna Occidente, Norte y Sur por igual, cada tierra reposa en su mano bondadosa".

Más importante aún, el amor es universal, vale lo mismo para Gretchen que para Zuleika. Por eso un poeta alemán puede escribir un poema de amor para una mujer persa imaginaria. O para una mujer persa real. Y puede ser sincero. Y lo más conmovedor de todo es que el dolor también es universal.

Goethe no recurre a Oriente para demostrar nada. Se toma muy en serio a los seres humanos, a todos los seres humanos. Tanto en Oriente como en Occidente, los hombres buenos lloran.

En el mundo hay buenas personas. En el mundo hay malas personas. No siempre es posible rechazar el mal con encantamientos, demostraciones, análisis social o psicoanálisis. En ocasiones, como último recurso, hay que hacerle frente por la fuerza. A mi juicio, el mal supremo en el mundo no es la guerra, en sí, sino la agresividad. La agresividad es "la madre de todas las guerras". Y, a veces, es necesario repeler la agresión por la fuerza de las armas para que pue­da reinar la paz.

Volvamos a Goethe. El Fausto de Goethe nos recuerda de forma indeleble que el diablo no es imper­sonal, sino personal. Que el diablo pone a prueba a cada individuo, y cada uno puede aprobar o suspen­der. Que el mal es tentador y seductor. Que la agresividad puede abrirse un hueco en cada uno.

El bien y el mal individuales no son privativos de ninguna religión. No tienen por qué ser términos religiosos. La decisión de causar daño o no causarlo, de hacerle frente o hacer la vista ciega, de contribuir activamente a curar el dolor, como un médico rural entregado a su trabajo, o conformarse con organizar manifestaciones airadas y firmar peticiones generales, es una elección con la que nos encontramos varias veces al día.

Co­mo es natural, a veces podemos equivocarnos. Ahora bien, incluso cuando tomamos una decisión equi­vocada, sabemos lo que estamos haciendo. Sabemos cuál es la diferencia entre el bien y el mal, entre causar dolor y curarlo, entre Goethe and Goebbels. Entre Heine y Heydrich. Entre Weimar y Buchenwald. Entre la responsabilidad individual y el mal gusto colectivo.

Crecí en la Jerusalén de los años cuarenta como un niño muy nacionalista, incluso chauvinista, y pro­metí no poner nunca el pie en suelo alemán e incluso no comprar nunca un producto alemán. Lo único a lo que no me sentí capaz de renunciar fue a los libros alemanes. Sí hacía un boicot a los libros, me decía a mí mismo, me parecería un poco a "ellos".

Al principio, me limitaba a leer la literatura alemana de preguerra y a los autores que se habían opuesto al nazismo. Más tarde, en los años sesenta, empecé a leer en hebreo las obras de la generación de novelistas y poetas alemanes de posguerra. En especial, las obras de los autores del Grupo 47. Me permitían imaginarme en su lugar. Mejor dicho: me seducían para que me imaginase en su lugar, durante los años oscuros, en los años anteriores y en los posteriores.

Después de leer a esos autores y a otros, ya no pude limitarme a seguir odiando todo lo alemán del pasado, el presente y el futuro. En mi opinión, imaginar al otro es un potente antídoto contra el fanatismo y el odio. Creo que los libros que nos hacen imaginar al otro pueden hacernos más inmunes con­tra las estratagemas del mal, el Mefisto del corazón. Así fue como Günter Grass y Heinrich Bóll, Inge­borg Bachmann y Uwe Johnson y, en particular, mi querido amigo Siegfried Lenz, me abrieron la puer­ta a Alemania.

Ellos, junto con una serie de amigos alemanes muy queridos, me obligaron a romper mis tabúes y abrir la mente y, al final, el corazón. Volvieron a mostrarme los poderes curativos de la literatura.

Imaginar al otro no es una mera herramienta estética. Es además, a mi juicio, un imperativo moral fundamental. Y, sobre todo, imaginar al otro es un placer humano profundo y muy sutil.

www.conelpapa.com

lunes, 17 de noviembre de 2008

Duende sobre el asfalto


La imagen lejana de la canción primera.
(Los bosques se han dormido sobre la carretera).
Luciérnagas que vuelan como estrella fugaz,
Maletas rotas. Zapatos sepultados por el lodo...
Por las noches del tiempo que se fué: Duendes.

Voces del viento que aletean sobre la triste alegría
De existir. Llanto de una sonrisa;
Rocío de una lágrima. Encontrar el camino nueva vez.

Creer en el milagro de existir. Besar la esperanza del sueño despertado.
Carrito de javilla, Barrancolí que escarba sobre el barro encantado
Por serpientes dormidas. Despertar. Despertar nueva vez

Con las alas abierta a la ambigua mirada del concreto.
Tomar por la mañana, de primer pensamiento,
El café que ha salido del pilón.

Y luego el paisaje que se abre
Con olor a camino, cruzados por el tibio espectro
De un nuevo amanecer. Despertar. Hablar con el silencio

Que perdió las palabras cuando quiso volar sobre el asfalto.
Duendes.
Casitas de cartón, grises nostalgias.
Canción de ser
La forma indescifrable del anhelo: Ruiseñor del ocaso...
Duende sobre el asfalto.

sábado, 15 de noviembre de 2008

Jumeadora

Lamparita jumeadora
De mis noches sin aliento
Dale a mi pecho afligido
Tu luz
Tu voz
Y un chorrito de esperanza.
Para con el nuevo día,
Que aun está muy lejano,
Volver a andar los caminos.
Los caminos de la vida.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Ilusión

Y si vas muy al norte en compañía del viento,
Dame lugar en tu viaje
Y en tu silencio.
Si sales muy de mañana para llegar
Sin prisa
Me iré por tus cuestas
Respirando el aroma de tu larga cabellera.
Y compañero de tus formas intangibles
Te diré adios un poco después
De que muera la tarde.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Juan Antonio Alix 2

LOS MANGOS BAJITOS

Dice don Martin Garata,
Persona de alto rango,
Que le gusta mucho el mango
Porque es una fruta grata.
Pero treparse en la mata
Y verse en los cogollitos,
Y en aprietos infinitos...
Como eso es tan peligroso,
El encuentra más sabroso
Coger los mangos bajitos.

Don Martín dice también
Que le gusta la castaña,
Pero cuando mano extraña
La saca de la sartén,
Y que se la pelen bien
Con todos los requisitos;
Pero arderse los deditos
Metiéndolos en la flama.
Eso sí que no se llama
Coger Los mangos bajitos.

Por eso la suerte ingrata
De la Patria no mejora
Porque muchos son ahora
Como don Martín Garata,
Que quieren meterse en plata
Ganando cuartos mansitos
Con monopolios bonitos,
Con chivos o contrabando,
O así, de cuenta de mando,
Coger los mangos bajitos.

Cuando hay revolución
Maña es la más antigua,
Despachar a la manigua
De brutos a una porción.
Que al mandarlos algún don
Ya se marchan derechitos,
Y los dones quietecitos
Cada cual queda en su casa.
Para cuando todo pasa,
Coger los mangos bajitos.

Cuando el toro está plantado
Se verán miles toreros,
Allí en los burladeros
Con el pitirrio apretado.
Cuando el toro otro ha matado
Al punto salen toditos,
Echando vivas a gritos
Y a empuñar buenos empleos,
Que son todos sus deseos
Coger los mangos bajitos.

Dejen ya la maña vieja
De mandar al monte gente
Para tumbar presidente
Sin dar motivos de queja;
Que la prudencia aconseja,
Que vivamos tranquilitos,
Como buenos hermanitos,
Que mucha sangre ha costado
Y la ruina del Estado
Coger los mangos bajitos.

Y que vean lo que ha costado
La tumba de dos poderes,
Que han muerto miles de seres
Que la tierra se ha tragado.
Cuántas viudas no han quedado,
Y huérfanos infinitos!
Cuántas miserias y gritos!
Y cuánta sangre correr!...
Por unos cuantos querer
Coger los mangos bajitos.

Ahora lo que han de hacer
Echarlo todo al olvido,
Y al Presidente elegido
Ayudarlo a sostener.
Y evitar que vuelva a haber
Más viudas y huerfanitos,
Más crímenes y delitos,
Y lárguense a trabajar,
Los que quieren,
SIN SUDAR,
Coger los mangos bajitos.

Juan Antonio Alix

miércoles, 12 de noviembre de 2008

juan antonio alix

LAMENTACIONES

Caramba! quiero casarme,
Aunque mi mamá lo sienta;
Porque paso de los treinta
Y yo no quiero quedarme;
Yo estoy ya por colocarme
Pero de cualquier manera,
Sin andar con más espera
Ni más vuelta al pensamiento;
Yo estoy ya por casamiento
Y me caso con cualquiera.

Cansada estoy de esperar
Y me moriré de vieja,
Esperando esta pareja
Con quien me quieren casar,
Que del cielo ha de bajar;
Blanco, noble y millonario,
De un talento extraordinario,
Buen mozo, muy elegante
Que toque el piano, y que cante
Más bonito que un canario.

Mi mamá culpa ha tenido
Que llegara yo a esta edad,
Sin esa felicidad
De tener un buen marido;
Porque a ella le ha cogido
Con que debo ser casada,
Con ministro o embajada,
De Alemania o Inglaterra;
Cuando aquí en nuestra tierra
No valemos cuasi nada.

Envidia me causa ver
Miles mujeres casadas,
Que están muy bien colocadas
Por no ponerse a escoger;
Pues el mucho pretender
Y ese orgullo mal fundado,
No da ningún resultado;
Pero ni luce ni cabe,
Donde todo el mundo sabe
Del pie que uno ha cojeado.

Mi mamá siempre se pone
Con miles de sacaliñas,
Cuando de cacas y tiñas
Este mundo se compone;
El que a eso se dispone
Se olvida de ciertas cosas,
Que no son ni tan honrosas
Para que anden repingando
Y narices aventando
Como las vacas rabiosas.

Y mi mama en otra era
Nunca frecuentó un salón
Que mereciera atención
Y ni mirarlo siquiera;
Pero hoy que en la primera
De verse tanto se alegra
Le sopla su bola negra
A tantos jóvenes buenos,
Porque dízque tiene a menos
De que la tengan por suegra.

Yo me muero por bailar
Y mi mama no me deja,
Por no haber noble pareja
Con quien pueda yo danzar.
La Juventud del lugar
No puede ser más decente,
Más culta y más complaciente,
Y a mi mama le ha cogido,
Con que el mundo está perdido
Y en los bailes comen gente.

No quiere que tenga amores,
Ni quiere que al Parque vaya,
Porque no falta canalla
Entre los visitadores.
Ni por los alrededores
De casa pisa varón
Porque dizque todos son
Unas aves de rapiñas,
Que se llevan a las niñas
Como a paloma un gorrión.

Así es, que quiero casarme
Con el hombre que me cuadre,
Y no con el que mi madre
Por esposo quiera darme.
Pues yo no quiero quedarme
Como otras que están penando,
Que por estar esperando
Casarse con un Sultán,
Vistiendo santos están
Y en las iglesias cantando.

Para tanta esclavitud,
Seguro que me coloco,
Así sea con Ñico el loco,
Si no anda con prontitud
La piadosa juventud,
Pues cualquiera se condena
Viviendo con tanta pena
Y así tan mortificada,
Como una monja encerrada
Sin saber de cosa buena.

Juan Antonio Alix(1833-1918)