En el río hay peces y hay espejos.
Rostros que se miran en el agua pasar antes que calmar su sed.
Con vista al mar transcurren los duendes y ciguapas.
Narcizo se vuelve, a embeberse, en su ironía. Por toda una eternidad.
La barca, entre bejucos y jaibas, ve andar sin pasos, entre sonrisas suyas.
Sale el sol, viene el ocaso, canta el julián-chiví; escarba la perdiz...
El primer lucero y la noche. Las luciérnagas transcurren.
Al amanecer el rocío. La chicharra, con la mirada hacia el infinito,
Ambienta el silencio del arroyo y entonces el barrancolí.
Entre el barro del barranco el barrancolí.
El verde de la culebrita sabanera se hace rojo ante su mirar.
El verde de las plumas y su roja garganta ronronea: barrancolí.
Del arroyo al río nueva vez. Y luego los espejos...
Eco del río de agua viva que se hace sal y olvido.
Vuela, por sobre el arroyo, el rio y el mar...
El camino y el caminante. El sendero envuelto en morí-viví,
Callejones que se abren a la vida, que en profundas raíces y mirada sin prisa,
Nos habla sin hablar...