jueves, 13 de julio de 2017

Como un amanecer.

Si amanece, como amanece cada vez. Como una forma de nacer, cada vez.
De cada vez, repoblar la memoria de lo que fuimos, desde hoy. Y echar a andar.
Pero no. Somos una continuación de lo vivido. De lo pensado. De lo soñado. De lo ignorado.
Sale el sol y la ilusión despierta. Vemos ir la madrugada, entre luciérnagas. 
Último vestigio de la noche anterior. Las estrellas se pierden de la mirada, pero brillan con el sol.
Son partes de esa luz en que nos bañamos. En la noche contamos estrellas, en el día brillan con el sol.
No tras el sol, no se pierden con lo vivaz del mirar del sol. Brillan igual, con la misma amplitud.
Igual el amor, como las estrellas. No se pierde en lo cotidiano, ni se echa a dormir.
Va envuelto en lo amado, en la distancia. Danzando entre pensamientos y música.
Cada canción se enhebra al amor, como el brillo de las estrellas a la noche.
Cielo de estrellas es el amor, música de un andar, de un camino. De dos.
Así que se encuentran en cada respirar, a cada paso de la ilusión. 
Y el amanecer. Escribiéndole cartas al viento, echando a volar sentimientos.
La vida complementa el todo. No como un verso en un largo poema.
Más bien, como un beso en un beso; como el mar a la orilla, entre arena y caracola.
Con la certidumbre de una eternidad, nos encontramos de instante en instante.
Sin perdernos en el vacío, o en el olvido. Sin refugiarnos en las dudas.
Y cuando no hay nada que decir, dejamos que el silencio brille desde nosotros.
El amor es más que una comunicación constante, tiene transiciones.
Algunas veces vibrantes, otras veces pálidas e invisibles. Más no ausente.
No en el olvido. No es un comenzar de nuevo: es una transición.
Hacia el próximo nivel. No una ausencia indiferente. En el día a día.
Así, que un poco más allá de cualquier alfabeto o pentagramas, somos la música y la palabra.
Desde el amor. Como un amanecer.


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